El camino al Mundial 2030 será el más estrecho que ha enfrentado la Selección de Ecuador en su historia moderna. Argentina, Uruguay y Paraguay ya tienen su boleto asegurado por ser sedes de los partidos del centenario, y esos lugares se descuentan de la cuota de Conmebol. Para las siete selecciones restantes quedan tres cupos directos y medio de repechaje. Y seamos realistas: Brasil nunca ha faltado a una Copa del Mundo y no va a empezar ahora. Si la Canarinha entra, como siempre, Ecuador, Colombia, Chile, Perú, Bolivia y Venezuela pelearán por apenas dos cupos y medio.

Así de corto es el margen. Y así de alto será el precio de cada error.

Rivales clasificados, pero no regalados

Alguien podría pensar que enfrentar a selecciones ya clasificadas será un alivio. Sería un grave error. Paraguay jugará cada partido con la intensidad de siempre, por orgullo y por honor ante su gente. Argentina, campeona y potencia mundial, juega cada partido para ganarse el respeto del planeta, esté o no en juego un cupo. Nadie le va a regalar puntos a Ecuador. Al contrario: llegarán sin presión, y eso los hace todavía más peligrosos.

La fragilidad que no podemos ignorar

La Tri ha demostrado talento de sobra, pero también una irregularidad que en otros procesos se pudo disimular y en este no. Con tan pocos cupos, un empate en casa o un descuido en los últimos minutos puede costar la clasificación. La línea defensiva sigue mostrando fragilidad, y los primeros partidos de la era Gallardo lo dejaron claro: en el debut ante Corea del Sur, Ecuador aguantó un tiempo y terminó perdiendo 3-0. Ante Japón hubo mejoría, con más orden y más intensidad, pero el empate terminó en derrota por penales. Hay trabajo por delante, y mucho.

Quito no se negocia

Aquí no hay discusión posible: todos los partidos de local deben jugarse en Quito. No en Guayaquil ni en ninguna otra ciudad. La altura de la capital es la mayor ventaja que tiene Ecuador frente a cualquier rival del continente, y renunciar a ella es regalar puntos antes de que ruede el balón.

No es un secreto que, en procesos anteriores, algunos jugadores e integrantes de cuerpos técnicos empujaron para jugar en otras sedes. Marcelo Gallardo acaba de llegar y quizá todavía no sepa quiénes son. Pero un técnico que ha construido su carrera sobre la exigencia debe dejar una regla clara desde el primer día: el jugador que esté cansado de jugar en Quito, o que no quiera hacerlo, no debe ser convocado. La camiseta está por encima de cualquier comodidad.

El desgaste, la otra alarma

La gira por Asia dejó una lección que no se puede pasar por alto. Los viajes largos y el cambio de horario pasaron factura: el propio Gallardo reconoció que el cansancio y las pocas horas de sueño pesaron en la derrota ante Corea. Durante las eliminatorias vendrán más viajes largos, más fechas acumuladas y más futbolistas llegando desde Europa con el cuerpo al límite.

El peligro es evidente: jugadores que llegan agotados y que, además, presionan para no jugar en la altura. Esa combinación sería letal para cualquier aspiración mundialista. El cuerpo técnico tendrá que gestionar cargas, planificar la recuperación y, sobre todo, priorizar a quienes estén dispuestos a dejarlo todo en Quito.

Exigencia desde el primer día

Gallardo llegó a Ecuador con la etiqueta de técnico exigente, ganador y de carácter. Ahora tiene la oportunidad de demostrarlo con decisiones, no solo con discursos. Con Brasil prácticamente adentro y apenas dos cupos y medio en disputa, la Tri no tiene espacio para regalos, ni en la cancha ni en los escritorios.

El camino al 2030 empieza a construirse hoy. Y empieza en Quito.