El doctor de Río Chico que se enamoró del Ídolo a los 7 años

Apenas tenía siete años cuando Barcelona lo flechó. En Río Chico, la parroquia rural perteneciente a Portoviejo, el pequeño Bosco jugaba en las afueras de los almacenes de telas que había en el sector, donde el local de Isidro Navia marcaba la  diferencia por contar con un transmisor de radio, que sonaba fuerte cuando jugaba el Ídolo.

Y mientras Bosco se divertía saltando, haciendo rodar carros por la tierra o golpeando alguna pelota de plástico, escuchaba la narración de los partidos que seguía atentamente don Isidro mientras atendía a los clientes.

Aquel niño de apellido Mendoza se entusiasmó por la narración de los goles y, especialmente, por la alegría que generó en los oyentes el triunfo barcelonista sobre un grande del continente: el Millonarios de Alfredo Di Stéfano. El 31 de agosto de 1949, el día que Barcelona alineó con Enrique Romo en la puerta, Carlos ‘Pibe’ Sánchez y Juan Benítez en la defensa; Fausto Montalván, Jorge Cantos y Galo Solís en el mediocampo; José Jiménez, Enrique ‘Pajarito’ Cantos, Jorge ‘Mocho’ Rodríguez, José ‘Pelusa’ Vargas y Guido Andrade en el ataque, ‘Bosquito’ se enamoró. El ‘Ídolo’ venció 3-2 y en Río Chico hubo fiesta.

Ya adulto, en 1973, cursando el quinto año de medicina en la Universidad de Guayaquil y siendo interno de la clínica del mismo nombre, Bosco Mendoza fue a realizar prácticas al club por orden del doctor  Jaime Barredo, quien era directivo.

“El equipo entrenaba en el Redd Park, que tenía una extensión grande de terreno, con varias canchas y una casa grande donde concentraba y se alimentaba el plantel, yo iba a atender a los jugadores que tenían algún  estado gripal infeccioso, para poner un suero y así fui entrando”.

Mendoza dejó de acudir cuando cambiaron al jefe del departamento médico, pero algunos jugadores se ganaron el cariño y confianza del profesional manabita y lo visitaban en la clínica para recibir tratamiento. Entre ellos, Walter Cárdenas (+), Jorge Bolaños (+), Miguel Ángel Coronel, Enrique Alfano, Juan Madruñero, Juan José Peláez, Menéndez, Miguel Bustamante (+) y Washington Muñoz.

“En una ocasión, Otto Vieira iba a alinear por primera vez a Peláez, pero estaba lesionado y el DT no sabía. Yo no era médico del equipo y vino ‘Cepillo’ a mi consultorio para que lo cure y aprovechar la oportunidad. Logré recuperarlo y jugó. Tenía una característica muy importante, iba chifleando y los adversarios se paraban porque pensaban que era el árbitro”.

Se había convertido en elemento clave en la plantilla, pero desde afuera. Hasta que su tierra, Portoviejo, le dio el impulso para ingresar al club de sus amores. Acudió al estadio a ver al equipo, que disputaba un partido amistoso, y luego, imposibilitado de encontrar un auto que lo devolviera a Guayaquil, los jugadores pidieron permiso para que Bosco viajara en el bus del plantel. “Cuando llegamos  le dijeron a Silvio Devoto, presidente del club y de la comisión de fútbol, para que yo fuera el médico principal; él preguntó cómo me llamaba y después de escucharlo dijo que un doctor con nombre de montuvio no debía estar en Barcelona. Era solo una broma de él y me dio el aval. Somos grandes amigos”.

Armó el departamento con Franklin Moncayo (+), Ricardo Guerrero, Eduardo Hidalgo Febres Cordero, Emilio Harb Yapur (+), Francisco Correa, Eleodoro Mancero (+) y  Paulo Plaza (+).

Bosco -pocos lo llaman por su apellido- fue uno de los profesionales que estuvo siempre al pie del cañón, pese a que en innumerables ocasiones no recibió sueldo. “Hubo una época en que solo cobrábamos premios, estímulos muy pequeños, y no a todos, cuando ganábamos partidos o campeonatos”.

De 15 títulos ganados por el Ídolo en la historia del torneo  ecuatoriano de fútbol, el galeno fue parte de nueve, pero hay uno que fue especial para él. “El primero que ganamos estando yo de médico: el de 1980 en Machala. Ese día es inolvidable para los que vivimos esa época, había una serie de jugadores de gran calidad: Manga, Pepe Paes,  Horacio Capiello, Mario Tenorio, Ney Celestino, Galo Vásquez, Flavio Perlaza, Wilson Nieves, Madruñero, Ephanor… los que conocen de historia del fútbol saben que todos fueron extraordinarios”.

Después del triunfo 3-0, con chilena de Ephanor incluida, Bosco sintió el multitudinario cariño de la gente. Esta vez era parte de la conquista y otros eran los niños que sentían la pasión a través de un radio.

“Salimos de Machala a las 6 de la tarde y llegamos a Guayaquil pasada la medianoche, la gente paraba el bus en cada localidad en la carretera. En cada callejón de la ciudad salía la gente para ver el paso de los jugadores, se amontonaban a rodear la caravana para saludar, vi muchas celebraciones y no hay comparación, incluso con las últimas”.

En los 44 años que integró la institución -como pasante o empleado-, el médico cuenta que no hubo jugadores más barcelonistas que Washington Muñoz, Vicente Lecaro, Luciano Macías y Peláez. “Luchaban por el equipo, dentro y afuera, estaban siempre presentes”.

Y con Otto Vieira formó una gran amistad después de una discusión. “Era grosero al principio. Estaba por tercera vez en el equipo (1980). Entrenábamos en el coliseo Voltaire Paladines y al entrar, enfrente de hinchas y periodistas, me dio una repelada injusta. Así que yo le respondí: ‘hasta ahora me has vuelto a joder la vida, viejo…’ Me dio tanto coraje porque no me lo dijo en privado”.

Después, el DT lo visitó y tratando de arreglar la situación le dijo: “Bosco, tú has sido bravo, no quería molestarte con mi comentario”. De ahí en adelante la relación se fortaleció, tanto así que en 1992, cuatro años después de la muerte del entrenador, una señora visitó a Bosco en el hotel donde se hospedó el plantel para enfrentar por las semifinales de la Copa Libertadores al Sao Paulo, en esa urbe.

-Hola doctor, ¿usted sabe quién soy yo?

-Discúlpeme, no tengo el gusto de conocerla.

-Soy la hija de Otto Vieira, mi padre murió amando y recordando Guayaquil. Hablaba también de una persona que consideraba como su mejor amigo, usted, por eso he venido a saludarlo. En sus últimos diálogos me conversaba de ambos.

Bosco quedó sorprendido con el gesto y desde ese encuentro recuerda con mayor nostalgia al estratega que obtuvo tres títulos (70, 71 y 80) con el equipo.

Otro brasileño que se ganó el respeto del médico portovejense fue José Paes. “Era líder, serio, honesto y funcionó en todos los sectores donde lo alinearon. Fue delantero, luego volante y terminó como central. El mejor extranjero que ha pasado por el grupo. Insuperable. Fue muy triste cuando se fue”.

También dejaron tocado el camerino con sus salidas 2 arqueros ídolos: Carlos Luis Morales y José Francisco Cevallos. “Dolió mucho. Quedó un gran vacío. A Pancho no lo aceptaron cuando regresó del Azogues y terminó yéndose a Liga de Quito, en buena hora porque allá es donde obtuvo sus grandes éxitos. Y no lo digo porque ahora es el presidente del club, porque más bien me sacó de Barcelona (risas)”.

Recuerdos que lo marcaron

Pero hubo dos sucesos que no solo marcaron a Bosco Mendoza sino al barcelonismo entero: las muertes de Carlos Muñoz (1993) y Jimmy Izquierdo (1994). “Son los momentos más duros que me tocó vivir. Yo vivía en Lomas de Urdesa y me llamaron de la Clínica Kennedy para avisarme que Muñoz se había accidentado y que llegaría allí, me alisté para ir al lugar, pero antes quise saber de su situación llamando al hospital de Playas y me dijeron: ‘está muerto’, me quedé helado y me puse a pensar que tres días atrás habíamos celebrado por el triunfo (ante El Nacional) y él, que había sido el mejor jugador, ahora estaba muerto”. La tragedia de Izquierdo fue peor aún. Por la pérdida de conocimiento hasta el día que falleció. “Fue muy doloroso, no hubo momentos tan tristes con respecto a los jugadores del equipo”.

Siguiendo el hilo de los hechos olvidables, el profesional portovejense rememora las dos finales perdidas en Copa Libertadores. “Con Olimpia (1990) nos robaron, hay un hecho que vale la pena que se lo conozca. Cuando íbamos a jugar en Asunción nos habían dicho que tengamos cuidado, que esa gente era sinvergüenza, que acostumbraba a hacer ciertas cositas para disminuir la capacidad del rival y yo como médico estuve atento y di algunas disposiciones”.

Bosco no quería que la sopa la sirvieran los empleados del hotel y supervisó la elaboración de los alimentos en la cocina. Pero en un descuido muy pequeño,  mientras revisaba otra actividad sirvieron los platos. “¡Pare, pare, pare, nadie me toca la sopa!”, pero hubo uno que sí levantó la cuchara algunas veces antes del grito del médico: Julio Guzmán. Casualmente fue el único que después de comer debió correr al baño porque se le generaron vómitos. “Logré sacar todos los platos y ordené que se haga la comida de nuevo. Esa gente (de Olimpia) era capaz de cualquier cosa con tal de ganar, tanto en el partido de ida como en el de vuelta hubo otras cosas raras que no permitieron que lleguemos donde queríamos”.

A Río de Janeiro, en agosto de 1998, no pudo ir porque ese mismo día debía presentarse en la posesión de los nuevos concejales de Guayaquil, dignidad que ganó meses antes. “En mi lugar estuvo Hugo Ricaurte y todo estuvo en orden, excepto la derrota con Vasco da Gama”.

El ambiente del camerino, revela, fue peor tras la derrota ante los paraguayos, ya que en el fondo la plantilla sabía que Vasco era muy superior.

Como médico recuerda los casos más difíciles que debió resolver tras los partidos. En 1974, el plantel se acogió al paro, cuatro días antes de enfrentar a El Nacional en Quito, porque la dirigencia no pagaba los sueldos. El pueblo apoyó a los jugadores, aunque también les pidió que se presentaran en el Atahualpa.  No entrenaron más de media semana y aceptaron jugar en la altura de Quito. “Ese día, Barcelona hizo uno de los mejores partidos de su historia, ganó 3-1 y Wacho Muñoz marcó un golazo.

Parecía que la pelota se iba afuera e hizo un chanfle que sorprendió a todos y se metió en el arco. Al final del juego, los futbolistas cayeron como muertos en la cancha, debí socorrerlos e incluso los suplentes me ayudaron a ventear a los titulares con las camisetas”.

Y en los octavos de final de la Libertadores de 1992 se dieron los otros dos hechos de intranquilidad para Bosco. En el enfrentamiento de ida ante Colo Colo en Santiago de Chile, el arquero canario se graduó de salvador por las atajadas arriesgadas que no permitieron que el ‘Cacique’ venciera por más de un gol -obra de Claudio Borghi- y que le generaron una lesión complicada. “Víctor Mendoza sufrió la rotura del manguito rotador  del hombro derecho y a 10 minutos del final cayó justo sobre ese costado con tal de evitar un gol, demostrando su heroísmo, no le importaba dañarse con tal de salvar a su equipo”.

Y en el cotejo de vuelta, la dirigencia liderada por Isidro Romero decicidó que el partido se jugara al mediodía para “quemar a los visitantes”. Barcelona venció 2-0 con tantos de Muñoz y Rubén Insúa, pero la humedad y los rayos del sol afectaron a ambos cuadros. “Byron (Tenorio) y el brasileño (Gilson) salieron deshidratados. Eran sorprendentes los gritos de dolor de Byron, volamos a la clínica en ambulancia para comenzar la rehidratación. Le dábamos agua y no servía de mucho. Tenía los músculos contracturados y un dolor generalizado del cuerpo”.

¿El mejor jugador de la historia de Barcelona?, se le pregunta. Él prefiere dar una lista, que elaboró previamente en una receta médica, con un nombre por cada título obtenido. Pablo Ansaldo en el 60, Luciano Macías en el 63, Vicente Lecaro en el 66, Juan José Peláez en el 70, Alberto Spencer en el 71, Wilson Nieves en el 80, Juan Madruñero en el 81, Flavio Perlaza en el 85, Galo Vásquez en el 87, Carlos Morales en el 89, Manuel Uquillas en el 91, José Gavica en el 95, Nicolás Asencio en el 97 y Damián Díaz en 2012 y 2016.

¿Quién pegaba más? “Bardales era descarado, en cambio Montanero era tapiñado, miraba para otro lado y te daba”.

Dos semanas atrás, la directiva le hizo un homenaje de despedida, pero Bosco (74 años), desde 1973, nunca se fue. (I)

DATOS SUELTOS

Montanero, el más dedicado

“Jimmy era un hombre muy serio, dedicado; cuando estaba lesionado se daba tratamiento él mismo metiendo el pie en agua caliente y fría. Eso hizo antes de la final contra Deportivo Quito por el torneo de 1997. Otro jugador hubiese dicho que no podía actuar. Era insistente”.

En contra de jugar a las 12:00

“Nunca estuve de acuerdo con jugar en ese horario. Se lo hacía por la creencia de que teníamos ventaja sobre el rival, tendría cierta realidad, pero el que debía atacar y dar todo para vencer éramos nosotros, especialmente si el otro equipo venía de ganar en su casa. Entonces el desgaste era mayor para Barcelona. Siempre fue perjudicial”.

Fuente: El Telégrafo